
La presentación de hoy quizás es un poco más extensa de lo habitual, pero es que aunque él no lo sabe, al invitado que hoy nos acompaña me unen muchas cosas.
Por un lado, es el actor que siempre nos mantendrá unidos a mi padre a mi a la hora de hacernos reír. Sí, él es siempre a quien recurrimos de manera conjunta cuando nos vemos y sabemos que queremos reír al unísono. Y eso es algo que le quería agradecer.
Pero por otra, es también el intérprete al que más veces he visto sobre las tablas de un teatro, y además, a través de las diferentes ciudades de todo el país. La primera vez que le vi fue hace ya doce años, la ciudad fue Barcelona y allí representaba ‘Mitad y Mitad‘. Luego, tan solo un par de años después, eso sí, en mi tierra, en el Teatro Lope de Vega en Sevilla sería con ‘El jurado’ cuando nuestros caminos se volverían a encontrar… Y tuvo que pasar casi una década, para volver a verle sobre el escenario. La ciudad esta vez fue Valencia, el teatro, mi querido Teatro Olympia y sería con la divertida ‘La comedia de los errores’, una obra que guardo con especial cariño y que pude disfrutar a principios del pasado año la que haría que me reencontrase con él.
Ahora, por primera vez, nos sentamos a conversar y lo hacemos sobre teatro y sobre ‘La pasión infinita’, el montaje con el que lleva girando por todo el país durante meses y con el que el 1 de diciembre se instalará en el Teatro Bellas Artes de Madrid, antes de continuar visitando más escenarios que tendrán la suerte de disfrutarles.
Hoy estoy muy feliz porque Pepón Nieto, se sienta en este patio de butacas. Muchas gracias y bienvenido.
Muchas gracias y qué bonito me parece que te una con tu padre para poder reíros y para poder divertiros. Es para mí un honor y le da como sentido al trabajo que hacemos. Me parece una responsabilidad, pero por otro lado, me parece algo muy bonito y me gusta muchísimo. Muchas gracias. Y gracias por haber ido a ver funciones mías.
Gracias a ti por todo, de verdad. Y antes de nada, Pepón, ¿cómo estás?
Yo bien, estoy muy contento con la función que hago y cada vez que me subo al escenario a contar la historia que cuento. Me gusta mucho lo que cuento y creo que es muy necesario hacerlo.
Estoy feliz con la compañía, me encanta trabajar con Claudio Tolcachir, que es un director de escena maravilloso pero que se prodiga muy poco como actor porque dirige mucho. Pero es un lujo encontrarme con su mirada todo el rato y además, sostiene muchísimo a mi personaje.
Con Ana Labordeta, con la que hice una función en la que éramos marido y mujer hace 25 años pero no habíamos vuelto a coincidir, y ahora hemos tenido la oportunidad de volver a ser marido y mujer y estamos celebrando nuestras bodas de plata y estamos muy contentos (ríe).
Con Avelino Piedad, a quien lo descubrí viéndole trabajar en teatro y le dije a Andrés Lima: «Hay un actor que me gusta mucho y con el que me gustaría trabajar, vamos a intentar quedar con él» y a Andrés le encantó y se vino a ‘La comedia de los errores» en donde estaba maravilloso. Y producir me permite poder decidir con quien quiero irme de viaje, y en cuanto vi que había un personaje en esta función que podía hacerlo Avelino, no lo dudé. Siempre que pueda voy a estar con él porque es un lujo tenerlo encima del escenario y fuera, porque las giras son muy largas y necesitas tener gente que te mantenga, que te sostenga, con la que sea una delicia coger el coche e irte a un pueblo y luego irte a cenar con ellos. Es un lujo tenerlo dentro y fuera del escenario.
Y luego está Lola Barroso, que es una sorpresa para nosotros también. La música de la función la hace Mariano Marín, que es un compositor maravilloso y que se venía a los primeros ensayos y tocaba el piano con nosotros que íbamos improvisando la escena y él iba tocando en directo. Ahí, vimos que quedaba muy bonito ver cómo alguien te sigue con el piano, que si tú te paras, él se para… Pero Mariano no podía venirse a las funciones porque tiene un nivel de trabajo muy grande, así que nos presentó a la pianista perfecta, Lola Barroso, y ahora, con ella, llevamos un piano en directo y hacemos la función como si fuera un recital y es muy bonito.
Entonces estoy feliz y contento, porque estoy feliz la con gira, con el trabajo y mi familia tiene salud y están bien.

Creo que no somos conscientes del trabajo, el cansancio y de todo lo que conlleva cuando hacéis una gira, pero ahora en poco más de un mes, llegáis por fin a Madrid, al Teatro Bellas Artes.
Sí, pero también te mantiene ilusionado. Tengo la sensación de que entramos en Madrid muy tarde porque la función la estrenamos a finales de febrero y llegaremos a Madrid el 1 de diciembre, diez meses después. Entonces, es verdad que yo habría hecho Madrid antes, pero es que las fechas que nos daban en el Bellas Artes eran muy buenas y podíamos entrar en diciembre y con las Navidades, y por eso dijimos que sí. Y eso, además, nos ha servido para rodar mucho la función, para hacer muchos bolos, para ir a todos los sitios, testar la función con el público y llegar a Madrid con la relajación de saber que gusta, que lo que contamos interesa, que la gente se ríe y se emociona, que es lo que pretende la función. Así que llegamos a Madrid felices.
Y luego seguiréis, porque después de Madrid volvéis a girar y por ejemplo, en enero visitaréis el Teatro Olympia de Valencia…
Sí, estamos en Madrid hasta el domingo 10 de enero y el 12 de enero que es martes, ya estamos en Valencia. Tenemos un día por medio de casa y para llevar el escenario y montarlo. Y seguiremos porque vamos a estar de gira hasta finales del 27 más o menos.
«Estoy muy contento cada vez que me subo al escenario a contar la historia que cuento, creo que es muy necesario hacerlo»
Hablabas de la producción y junto a Jesús Cimarro, director de Pentación Espectáculo, eres el productor de ‘La pasión infinita’. Y producir no es nada fácil, y mucho menos teatro… ¿Tú cómo lo gestionas? ¿Separas las facetas de actor con el de productor?
Sí, yo vengo produciendo desde hace bastante tiempo. La primera función que tú viste ‘Mitad y mitad’ ya tenía producción mía y algunas anteriores como ‘Excusas’ y ‘Sexos’ también. Es cierto que solo produzco cosas en las que yo estoy, por aquello de que nadie va a ofrecerme nada mejor que lo que yo quiera para mí. Esto me permite, primero, ser el motor de la historia porque yo no sé producir poniendo dinero y ya está. Yo me implico con la historia, sé cuál quiero contar y desde dónde la quiero contar. Me reúno con el director, vemos qué referencias, qué estilo tiene que tener la función y con quién. Y para mí eso es muy gratificante.
Disfruto muchísimo con la producción. Es muy trabajoso y muy arriesgado en los tiempo que corren porque muchas veces se gana, y muchas veces se pierde, y hay veces que se pierde más que lo que se gana, pero merece la pena.
Es una parte de mi profesión que no tiene nada que ver con la de actor aunque se complementa, pero que a mí me gusta tener y que tengo que diferenciarlas bien, sobre todo cuando estoy haciendo el periodo de ensayo y de la introducción. Tengo que ensayar con mis compañeros y estar ahí como actor y no estar con la cabeza puesta en la producción, y a veces es complicado hacer eso. Intento separarlo muy bien y cuando estoy ensayando estoy con la función como actor y el resto del tiempo, estoy como productor, eso sí es verdad. Trato de hacer siempre una preproducción muy intensa en donde todo esté muy bien atado y muy bien organizado para que cuando empiece a ensayar, pueda olvidarme y que esté todo organizado, pero muchas veces no es así porque en la producción necesitas estar al pie de cañón todo el tiempo. Y por eso es bueno rodearse de buena gente y delegar. Saber delegar y rodearse de gente que mira por lo tuyo igual que si fueras tú, que va a hacer tu trabajo igual que si fueras tú, y yo en eso, he tenido mucha suerte.

Y creo que es la primera vez que trabajas con José Troncoso como director…
Sí, somos amigos y habíamos trabajado en dos ocasiones como actores, ‘La comedia de las mentiras’ y ‘El anfitrión’.
Siempre le decía que me gustaba mucho como dirigía y desde donde escribe las comedias. Me gusta el teatro que interpela, que te hace preguntas y que te las deja ahí para que tú te las contestes. Me gusta el teatro que retrata a las personas normales que están cargadas de heroicidad pero que no lo saben, que tienen una vida muy cotidiana, muy normales, pero que por esa misma cotidianidad son universales… Me gusta mucho ese teatro que te araña un poco, del que te estás riendo, pero que a la vez te está pegando un pellizco en el corazón, algo que hace José Troncoso magistralmente. Y yo llevaba mucho tiempo queriendo trabajar con él pero no encontrábamos nada, pero a raíz de una idea para una serie que estaba escribiendo y en uno de los capítulos había un personaje que era este, un tipo que tenía una pasión desmedida por ser actor, pero que era el peor actor del mundo y todo lo que intentaba era muy malo. Así que a raíz de esa premisa, sin tener el texto escrito, Troncoso me propuso hacer unos talleres con el texto escrito por él.
Me tiré a la piscina con él en cuanto me contó la historia. Me enamoré del personaje y hacer todos estos talleres nos ayudó mucho, primero a encontrar los personajes, y luego a que los personajes tuvieran mucho de nosotros. O sea, aunque están totalmente alejados sí que hay cosas nuestras en las que reconoces lugares comunes, como por ejemplo cuando nombro a mis padres, los nombro con el nombre de mis padres reales o la playa donde veraneaba. Entonces hay muchas cosas que me conectan al personaje aunque él no tiene nada que ver conmigo.
Ha sido un proyecto muy deseado por las dos partes y muy buscado, queríamos trabajar juntos porque nos entendemos mucho como actores y como compañeros. Yo estoy encantado, trabajaría con él siempre que pudiera, Es un tío que te da la mano, que te va conduciendo, te acompaña y en ningún momento te suelta. Troncoso entiende perfectamente lo que necesitas como actor y se entrega, de hecho, para mí ha sido un productor más.
«Me gusta el teatro que te araña un poco, del que te estás riendo pero que a la vez te está pegando un pellizco en el corazón»
Una de las cosas mágicas del teatro es que aunque sea el mismo texto, después de tantas funciones, seguís descubriendo cosas de vuestros personajes que no estaban al principio o en los ensayos…
El teatro está vivo y eso pasa con todas las funciones, todas las funciones están vivas. No es el mismo público el de Andalucía que el de Levante o el de Extremadura. Son públicos distintos, al igual que no es lo mismo el público de un miércoles que el de un sábado El público cambia, modifica con su risa, hace que la función pare más, que a veces tengamos que remar un poco más por lo que se dice y que otras, entren a saco desde el principio y la función vaya de otra manera totalmente distinta. Cambia y el teatro tiene esto.
De hecho, hay una cosa que me dijiste cuando nos vimos en la presentación de Pentación Espectáculos en septiembre que se me quedó: «Una de las cosas mágicas que tiene el teatro, es que en un mundo en el que siempre estamos mirando una pantalla y en donde no sabemos qué es verdad y qué es mentira por la IA, resulta muy bonito ir al teatro a saber que nos van a contar una mentira, pero que es la más real del mundo, porque los sentimientos que se provocan y las emociones son las más reales».
Claro, es que es totalmente paradójico porque estamos contando una historia, estamos recreando unas emociones o poniéndonos en el lugar de ese personaje para vivirla nosotros también, para vivir esa mentira y se las hacemos vivir al público, pero esa mentira es la más verdadera que hay. Y creo que ese, es el último reducto de verdad que nos queda.
Fíjate que el teatro lleva toda la vida en crisis pero esto de la inteligencia artificial, de tener tanta información, de no saber exactamente si hay verdad o no porque aunque lo veas, no tienes por qué creerlo y esto hace que sea muy complicada la situación ahora mismo, y sin embargo, en el teatro tú vas, pagas, te sientas en tu butacas, se apaga la luz y estás solo delante de una verdad absoluta, de una historia, de una emoción, de un espejo que te hace reflejarte como individuo pero también como sociedad y como grupo. Es un lugar que te hace reconocerte, que te hace reflexionar y sobre todo, que hace que salgas de una sala de una manera distinta de como entraste, y eso lo consiguen las artes nada más.
La verdad está ahí aunque te estén contando una mentira, es una verdad rotunda y eso me fascina. Ahí no hay hologramas que valgan, no hay nada. Cuando se apaga la luz, ha llegado la hora de la verdad.
«El teatro me ha convertido en una persona mejor de lo que hubiera sido si no lo hubiera hecho»
Te pone enfrente los espejos deformantes de lo que hablaba Valle-Inclán. Esos espejos deformantes que tú miras y dices: «Sí, soy yo, pero no soy eso», pero de repente, hay una puntito en que los cóncavos y lo convexos se alinean y entonces te ves con la figura bien. Y eso es lo que tiene esta función. Se está contando una vida que no es la tuya, te está contando unas pasiones que no son las tuyas, te está hablando de un tío que quiere ser actor, que eso no le pasa a nadie en la vida, pero sin embargo, hay un momento en que eres tú y te reflejas perfectamente en ese espejo, y entonces, lo pequeñito, lo absurdo, lo mínimo, se convierte en algo gigante, emocionante y universal.

De hecho, hay una frase que dice el personaje de Ana Labordeta, en la que nunca me había parado a pensar pero que se me ha quedado muy grabada porque me parece muy real y a la vez también un poco, dolorosa y que dice algo así; «La pasión no es el talento». Que es algo que le pasa a tu personaje.
Él tiene mucha pasión pero no tiene talento y también la función pregunta eso: ¿hasta qué punto es bueno luchar por tus sueños? Porque con esa pasión que él tiene no controla que no es bueno, y aunque todo el mundo le dice que no tiene talento, que se van a reír de él y le piden que lo deje, él sigue e insiste…
Y también nos han vendido mucho en la sociedad esto de la autoayuda, de luchar por tus sueños, de que si quieres, lo puedes conseguir. Que si eres fuerte, te curarás. Que luches… Y hay veces que a lo mejor no quieres, a lo mejor está bien que se quede como algo que te gusta mucho, pero que no condicione tu vida, porque lo que le pasa a José Antonio es que él condiciona toda su vida hasta tal punto que es un buen tío, es una buena persona, pero con un ramalazo egoísta que le da exactamente igual su mujer, su familia y le da igual todo porque él quiere conseguir lo que quiere conseguir y eso le convierte en un momento dado en alguien un poquito egoísta.
¿Y que te está enseñando a ti Jose Antonio después de tantas funciones?
Cada día es un regalo viajar por donde pasa mi personaje porque la función es maravillosa y está maravillosamente escrita. Me da mucho este personaje y la verdad es que no me he pegado con otros personajes, el viaje de me estoy pegando con este.
Nosotros siempre antes de empezar la función hacemos un calentamiento y nos damos un abrazo, y eso es algo que se hace casi en todas las funciones, pero lo que nosotros hacemos es abrazarnos cuando terminamos, y eso, en casi ninguna ocasión me ha pasado. Nosotros terminamos la función y tenemos la necesidad de darnos un abrazo y de decir: «¡Guau! Gracias por acompañarme en este viaje«.

Yo no concibo mi vida sin este proyecto, ni sin el teatro, por todo lo que yo he vivido a través de vuestras historias, por como me muestra otras realidades y porque siempre me mantendrá unida a mi madre. Tú cuándo piensas en el teatro, ¿cómo sientes que te ha transformado?
Es verdad que no soy un actor de vocacional. No recuerdo como otros compañeros míos que con cuatro o cinco años ya sabían que querían ser actores y que hacían teatro delante de la familia en Navidad… Yo no, yo hasta los 16 o 17 años, ni me lo planteaba ni tenía nada que ver con mi vida. Yo era un niño de pueblo, con una familia que tenía un bar y no tenía ningún referente, pero de repente, un grupo de gente de mi pueblo empezó a ensayar teatro en la plaza donde estaba el bar de mi padre y yo, que estaba allí en el bar, les ayudaba en todo lo que necesitaban y que me pedían, y se acabaron convirtiendo en mi pandilla.
Y esa vocación que es necesaria e imprescindible en esta profesión yo empecé a desarrollarla haciendo teatro, haciendo cosas pequeñitas, haciendo teatro de calle, juntándome con los amigos y cuando cuando tuve que decidir qué es lo que quería hacer, dije que quería ir a la escuela de Arte Dramático. Y a partir de ahí el teatro me da una alternativa de vida. Me da el poder de estar donde quiero estar y de ser las personas que no soy, de vivir otras vidas y de entender a la gente. A mí muchas veces, la gente me dice, «¿Tú vas a terapia?» y les digo: «No, yo hago teatro». Porque hacer teatro me ha quitado mucha terapia, me ha quitado muchas cosas de la cabeza, me ha hecho empatizar muchísimo y ponerme en el lugar del otro. Creo que el teatro a mí me ha convertido en una persona mejor de lo que hubiera sido si no lo hubiera hecho.
Y probablemente, a lo mejor, tendría un bar como mi padre y me hubiera quedado en el pueblo, o como mucho, hubiera estudiado algo, es que no sé, no sé ni lo que habría hecho, pero a mí el teatro me ha puesto en un sitio en la vida. Y yo nunca dejo de hacer teatro aunque esté haciendo series porque siempre y cuando yo lo pueda compaginar, aunque me pegue palizones, que me los he pegado de estar grabando de lunes a jueves, y viernes, sábado y domingo estar de bolo porque el teatro es muy sacrificado, te exige mucho y te demanda mucho. Y me he perdido reuniones familiares importantes, bodas, bautizos y comuniones, pero sobre despedidas de personas a las que quería muchísimo y no estaba ahí para despedirlos porque tenía función y no podía. El teatro te demanda mucho, pero a mí desde luego me ha devuelto mucho más de lo que me pide. Siempre, siempre te devuelve mucho más de lo que te pide.
Y antes de salir a escena, ¿Qué es lo que sientes?
Yo siempre tengo miedo. Siempre. Hay un poquito de nervios también, aunque no el de los estrenos en donde quieres salir corriendo de ahí, porque entonces esto sería un suplicio. Pero hay un poquito de nervios y miedo. Y sobre todo tengo muchas ganas de ir al baño (ríe), siempre, aunque haya al servicio ya tres veces.
Recuerdo hace muchos años, en una función que estaba haciendo en el Teatro La Latina a la que vinieron mis padres desde Málaga. Yo tenía que ir al teatro antes y le dije a mi padre que se viniera conmigo. Al llegar, le quise enseñar el escenario y cuando de pronto vio el patio de butacas vacío e iluminado, se quedó paralizado y me preguntó si no me daba miedo. Y ahí, comprendí que sí, que me daba mucho miedo.
Y creo que él, en ese momento entendió también mi profesión porque en mi familia nunca hubo nadie que se dedicara a esto, no había ningún referente y tampoco creo que mi padre hubiera ido al teatro antes… Por ejemplo, cuando yo me ponía malo, él me decía que no fuera y yo le explicaba que no podía hacer eso. Y yo notaba que tampoco entendía muy bien mi profesión, pero cuando salió ahí, vio el patio de butacas vacío y pensó que eso podría estar lleno de gente mirándome, junto con esa frase suya: «¿No te da miedo?» le dio sentido a todo y comprendí que me daba mucho miedo. Antes no lo sabía y ahora lo sé, sé que tengo miedo, pero tiro para adelante con miedo. Siempre.
