RICARDO LEGUÍZAMO

Ricardo Leguízamo, mi invitado de hoy, lleva más de veinte años en el mundo de la interpretación. Se ha formado con maestros como Juan Carlos Corazza o John Strasberg. En su currículum acumula más de una docena de obras teatrales, casi una treintena de ficciones y diversos largometrajes. Ahora, acaba de presentar «Clanes» la ficción de Netflix que protagonizan Clara Lago y Tamar Novas, y en donde se encarga de dar vida a Macario.

De este nuevo trabajo, y de su vida entre Colombia, México y España hemos hablado en la conversación que tan amablemente me ha regalado.

Antes qué nada ¿Cómo estás? ¿Qué tal esta primera parte del año en la que nos encontramos?
En general bastante bien. Tengo la base en Madrid, porque soy de Colombia pero llegué a España con 18 años a estudiar en la escuela de Arte Dramático de Juan Carlos Corazza. Hice la carrera, viví doce años y me volví para Colombia otra vez, en donde hice carrera y fui progresando entre mi país y México. Hace tres años volví a Madrid a vivir y ahora voy y vengo. Estoy muy contento aquí y este año se ha ido organizando un poco más. He encontrado más estabilidad entre vivir aquí y también poder trabajar allí. Estoy mucho más esperanzado respecto a que se puede vivir en un sitio pero trabajar en otros y también en abrir espacios en el mismo lugar en el que estoy.

Y entre estos viajes, ¿donde se ubica el rodaje de «Clanes» la serie que acabas de estrenar para Netflix?
Eso fue justo hace un año, el verano pasado. Ese verano hice una serie de dos temporadas en Colombia llamada «Consuelo» y la cual recrea Ciudad de México en Bogotá. Yo estaba en las dos temporadas, pero entre medias hice «4 Estrellas», una serie diaria. Luego volví para hacer la segunda temporada allí, y después me vine a España a hacer «Clanes» que la acabamos en agosto. Todo en el  mismo verano.

Y esto que comentas de que en un mismo verano hiciste tres ficciones diferentes, en tres lugares diferentes, con acentos diferentes y viviendo en un avión… Para un intérprete que trabajáis con vuestro cuerpo, con vuestras emociones… ¿Hasta que punto cambiar el acento o este ritmo afecta a tu manera de interpretar?
En Colombia era un personaje con acento mexicano que es un acento que manejo bastante bien porque viví siete años en México y he hecho muchas series mexicanas, de hecho he dado vida a algún cante mexicano… Y sí siento que de alguna manera hay un lugar en el que tienes que estar pendiente del acento pero también es verdad que hay un momento en el que ya empiezas a volar y el acento ya es parte tuya y genera más tranquilidad a la hora de actuar. Es cierto que hay un poco más de curro y es algo más de lio cuando tienes que hacer diferentes acentos con diferentes trabajos. Yo en «Clanes» hacía de colombiano paisa, que es de Medellín, y ese no es el mio. En Colombia además estaba haciendo de mexicano, y en la otra serie estaba haciendo un acento que sí que es el mio, el más neutro.

Sí es un poco raro de gestionar, pero creo que ya me he adecuado a esa manera de funcionar. Creo que llevo tantos años trabajando con los acentos que es un poco mi vida (ríe) y que lo controlo. Es algo muy normal para mi. Y aunque suena un poco desquiciado, lo que hago en mi vida real es que si llego a México hablo con el acento de allí, y si llego a España hablo con el de aquí… En un principio me obligaba para hacerlo natural  y ahora siento que es más fluido porque lo hago a diario. La gente piensa que estoy un poco loco pero me da igual (ríe).

El pasado viernes 21 de junio se estrenó en Netflix, la serie “Clanes” en donde das vida a Macario ¿Cómo lo describirías?
Lo he construido junto a Rogel Gual (el director). Macario es un tipo que en una situación de riesgo se pone muy seco, pero en general es un personaje muy bien educado, cercano, con buen rollo, que tiene algo especialmente cortés… No queríamos el narco típico porque tengamos en cuenta que los narcotraficantes de hoy no son los mismos que los de los años 80. Y queríamos una persona muy tranquila, que no generara mucho peligro, pero que fuera educada… y lo hemos construido desde ese lugar, desde lo cotidiano y no desde el horror del narcotráfico.

La historia creo que está inspirada en hechos reales, ¿tu personaje también?
No, al final a historia real es la de amor entre los personajes de Ana (Clara Lago) y Daniel (Tamar Novas) y alrededor de eso se teje una narrativa de ficción.

Al final los intérpretes vais descubriendo muchas cosas vuestras a través de los diferente personajes a los que dais vida, o también detectáis nuevas herramientas que quizás no erais consciente que teníais… ¿Has descubierto o conocido algo en ti con Macario?
Más que del personaje, he descubierto algo de la mano del director, de Roger, en cuanto a la manera de hacer las escenas.  En el rodaje, él te deja hacer la escena tal y como está en el guion, pero luego en una última toma te deja hacerlo libre y jugar. Ver cómo sale metiendo lo que yo quiera. Y ahí sí que descubrí más el juego de este personaje.

Es superinteresante esa manera de rodar. Se tienen ya unas secuencias que están perfectamente hiladas al guion pero luego llegan otras en las que te deja abrirte y jugar, y que al final es un poco esta profesión. Eso es lo que descubrí en este rodaje, esa manera más de improvisar.

Y dentro de ese juego de improvisar, cuando ya estás en marca, ¿prefieres grabar a la primera o prefieres ensayar mucho?
Yo ensayo mucho en mi casa, llego con todo muy organizado al set y soy un actor de tener la letra muy amarrada. Es muy importante para mi que la letra ruede y que esté ahí sin necesidad de pensar en nada, como quien canta el «Feliz Cumpleaños». Eso es esencial. Pero luego a la hora de llegar al set con una propuesta, mis propuestas nunca son muy amarradas, porque me parece que el trabajo del actor en realidad es llegar al set muy abierto, con ese espacio de juego y sobre todo, que llegue el otro personaje, te proponga y puedas fluir con lo que está haciendo el otro actor. Es como ser dúctil al juego que te propone el otro. En ese sentido, para mi los ensayos son esenciales y le doy mucho la lata a los otros intérpretes porque aunque yo la tengo muy aprendida desde mi casa, otra cosa es pasarla con otra persona.

Pero luego la otra parte, ese otro escalón es el ensayo con el director y ahí empiezas a jugar con la propuesta del otro actor y con lo que te propone el director también: ponerle cosas, quitar… Lo que te digan. Entonces sí que soy un actor de tener la letra muy agarrada pero me dejo influir mucho por lo que está pasando en escena. Sí creo que hay que ir muy abierto porque para mi al final el trabajo es ese, es el juego de dejar entrar lo que otros proponen y empaparse de todo.

Ya has trabajado en producciones de diferentes plataformas como HBO (Mil colmillos) o Netflix (Vampire Academy) y llevas más de 20 años de carrera a tus espaldas ¿Se nota mucha diferencia cuando ahora la ficción está producida por estas plataformas?
En cuanto a ficciones y a plataformas sí creo que las plataformas inyectan mucho dinero a las producciones porque son globales y en ese sentido cuando hay dinero sí que se nota, sobre todo en el tiempo y en la tranquilidad que tú tienes para rodar… Las plataformas han inyectado mucho dinero a las producciones y sí que lo sientes tanto en la producción, la postproducción… sientes que hay una calidad y mucho cuidado.

Respecto a los países, siento que a veces en los que hay menos dinero se resuelven más cosas de manera improvisada pero eso luego genera algo muy creativo. Siento que todos los países tienen su manera de gestionar las cosas pero funcionan muy bien. Y tengo que decir que por ejemplo México cuida muchísimo a sus actores. Allí hay un Start System muy de Los Ángeles.

Y aquí en España también en donde he trabajado desde pequeñito. Por ejemplo, cuando estaba en la escuela tuve que dejarlo en el tercer año y mucho más tarde lo retomé porque rodé una serie que se llamaba «Camino de Santiago» escrita por Arturo Pérez-Reverte, un thriller con Anthony Quinn y Charlton Heston, una cosa muy especial con esas estrellas de la época en donde hice un personaje secundario, un peregrino belga, y eso fue muy especial porque empecé a conocer la manera en la que se trabajaba en España. Y me encanta. Se trabaja muy a gusto.

Y aunque llevas muchos años de carrera y has trabajado en muchas ficciones, ¿ahora te da más vértigo o quizás te genera más presión ver que normalmente te van a ver en todo el mundo?
Sí que da un poquito de angustia (ríe). Pero también es verdad que al final de cuentas siento que la angustia era cuando yo era joven y estaba empezando la carrera, y era horrible la sensación que sentía cuando se iba a estrenar algo. Esa cosa del qué dirán. ¿Qué van a pensar? ¿Les va a parecer bien? ¿Cómo se va a ver?… Estaba siempre muy angustiado…  Y ahora claro que me preocupa un poco porque a veces uno piensa que ha hecho una cosa que luego al verla ya no es lo que tú piensas. O al revés. Pero ahora lo llevo con más tranquilidad. Sí que me genera un poquito de nervios pero no es angustiante.

Y casi llegando al final de nuestra conversación, me gustaría parar un momento en tu trabajo sobre las tablas. Te formaste con unos de los grandes como es Corazza y llevas más de una docena de obras a tus espaldas entre los teatros de Colombia y España. ¿Qué te aporta subirte a las tablas? Ese aquí y ahora, ese presente y el feedback con el público…
Un respeto enorme. Eso sí que es angustia (ríe). Hay un nervio especial y que no es el mismo. Creo que esta profesión sin esos nervios no sería lo mismo. Son casi gustosos. Esta profesión requiere eso. Creo que hay algo que es muy bonito y que he hablado con actores consagrados y quienes me comentan que nunca se le pasan los nervios. Siempre está ese gusanillo en el estómago de qué va a pasar.

Y hay una cosa especial que me pasa en teatro y que es un miedo que he tenido toda mi vida. Aunque más que un miedo es quizás una obsesión que tengo, y es que se me va a ir la letra, que me voy a bloquear y no voy a poder decir el texto. Yo nunca tengo pesadillas pero cuando tengo un estreno me despierto pensando en la parte del texto que se me va a olvidar, entonces ahora dejo el texto al lado de la cama y si me despierto, lo releo y ya me puedo acostar tranquilo. Pero es un miedo enorme, hay un respeto que tiene que ver con el respeto al público y al aquí y al ahora que significa hacer teatro, que es enorme. El teatro es fantástico porque recibes el feedback de la gente y la energía está ahí presente que se retroalimenta, pero también hay un asunto de un respeto a esa entrada que han pagado las personas. Y por lo que tú dices de que no hay una toma dos. Es lo que sale o sale y eso es maravilloso, pero un poco angustiante.

Ahora para acabar, llega un juego al que me gusta invitaros antes de despedirnos, para conocernos un poquito mejor y retroalimentarnos en gustos. Entonces, me gustaría que por favor, me recomendases:

  • Una película: «In The Mood For Love» (Deseando amar) de Wong Kar-wai.
  • Una serie: «Years and Years».
  • Un libro: A mi me gusta mucho Byung-Chul Han, habla mucho de las redes y de la sociedad que tenemos hoy en día y cómo está funcionando la IA en nosotros, cómo estamos tejiendo las relaciones laborales, familiares y personales alrededor del teléfono… y recomiendo dos «La sociedad del cansancio» y «No-cosas» que siento que son muy interesantes.

Muchas gracias Ricardo por tu tiempo, por tu amabilidad y por este ratito tan divertido. Que nos sigamos encontrado en este camino y de momento, te disfrutaremos en «Clanes» (Netflix).

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