
«La reina de la belleza de Leenane» aterrizó el pasado miércoles 15 en el Teatre Talia de Valencia y celebró con un lleno absoluto y una ovación infinita, la primera de las diez representaciones con la que permanecerá en la ciudad.
La obra con dirección de Juan Echanove a través del texto de Martin Mcdonagh adaptado por Bernando Sánchez Salas, un habitual y fiel conocedor del método creativo de Echanove, nos trae a un tótem protagonista de alto nivel como es el que componen Lucía Quintana y María Galiana. Dos actrices que nos regalan no solo una historia de las que te pellizcan el alma, sino que te hacen dar las gracias por el increíble regalo que nos ofrecen con sus sendos trabajos llenos de valentía, fuerza y sentimiento.
Ver a María Galiana sobre las tablas es un regalo que nos da la vida y que todo el mundo debería aprovechar. Verla en directo y solo ser consciente de la presencia que tiene en escena sin ni siquiera articular una palabra, es absolutamente increíble… Ella es capaz de emocionar con un simple saludo, con un leve suspiro e incluso sin ni siquiera decir absolutamente nada, basta con observarla en el más absoluto silencio.
Junto a ella, Lucía Quintana, actriz veterana y más que habituada a las tablas y quien se encarga de dar vida a Maureen, uno de los personajes más complejos y difíciles que he podido ver a lo largo de todos mis años teatrales, y que ella interpreta de una manera tan increíble y verdadero que días después de haberla vivido, sigue retumbando en mi corazón…
Junto a ellas y para equilibrar el ritmo que las envuelve, nos encontramos a Javier Mora, a quien ya tuve la suerte de haberle visto con anterioridad aunque en otro tono absolutamente diferente como era en «La vida resuelta», y que junto a Alberto Fraga se convierten desde mi punto de vista en esa miradas externas en la que podemos apoyarnos y gracias también a las cuales, podemos intentar coger cierta perspectiva, incluso puede que quizás, algo más neutral…
Dividir la obra en nueve escenas facilita la respiración, y junto a ese humor sarcástico presente pero que parece que es hasta involuntario, nos ayuda a los espectadores a coger aire, a dejarnos envolver inconscientemente por ese drama, por esa brutal historia que tenemos delante y de la que quizás no somos del todo consciente, hasta que ya esamos metidas de llena. Y es que, «La reina de la belleza de Leenane» es una obra que demuestra el poder tan increíblemente transformador que tiene el teatro. Es el claro ejemplo de la magia tan fuerte que ejerce sobre nosotros, que incluso no habiendo vivido cualquiera de las situaciones que se nos está representando a escasos metros de nuestros cuerpos, es capaz de pellizcarte el estómago de una manera tan brutal que te deja sin capacidad de reacción…
Con «La reina de la belleza de Leenane» he llorado pero también he reído. Me he quedado sin palabras mientras daba las gracias en silencio por haber podido vivir algo así. Y he salido con un nudo en el estómago que me ha hecho tener que caminar por la noche en silencio para reflexionar y asimilar lo que acababa de vivir. Porque así es el teatro, un arte tan vivo y tan increíblemente potente y verdadero, que aunque antes de atravesar sus puertas sabes que lo que vas a ver es ficción, que no es real, con el teatro esa táctica no funciona, porque el teatro es verdad. Y esa es su magia.
